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El derecho a la derrota

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Volver a casa siempre ha sido oneroso para los derrotados. Quienes han perdido a veces vienen muertos; a veces vienen rodeados por un desprecio gélido, que no los abandonará en toda la vida; también cabe que sean recibidos con solidaria bravura, con una severa aceptación, como acaeció a los romanos después de Cannas. No se dice que esta última acogida sea especialmente confortante. Quien perdió perdió, y si no murió, peor para él; pues al derrotado que no sobrevive a la derrota de algún modo sí se le acepta: falló y pagó. No deja de ser un héroe, aunque un héroe infortunado.

Pero vean qué mal la pasan estos jóvenes que ahora vuelven de México; no murieron en el terreno, porque morir no entraba en las reglas del juego. Sólo perdieron. ¿“Sólo” perdieron, eh? ¿Pero cómo pudo suceder que ellos, en un momento en que se llamaban “Italia”, perdieran? No es posible. Si perdieron, quiere decir que eran unos buenos para nada, unos cobardes, ¿por qué no?, unos traidores. En los periódicos he leído palabras como “miasma” y “campeones sin valor”, que da una idea caballeresca, de paladín, de quien es reemplazado. También a la Mesa Redonda se sentaba un traidor, y terminó mal. En suma, para esos jóvenes no había solución: o con el escudo o sobre el escudo. Para ellos, mejor la muerte que la derrota. Si no triunfaron, deben sufrir la pública, implacable reprobación.

Confieso que estos jóvenes que perdieron y no murieron tienen algo no del todo antipático. Son el símbolo, la representación de algo que todos conocemos; son los mediocres. No son héroes, no son genios, no inventaron al hombre con alas. No valen mucho. Se ponen a prueba. Si no les resulta, se van discretamente a casa. En este regreso, les llueven insultos. Y ellos, chitón. Practicaron una actividad que no es brillante ni seductora: la derrota. No hicieron ese raro gesto de provocación, la victoria. No pertenecen a la mítica raza de los vencedores. Sin embargo, los perdono. Vienen con la cola entre las patas. A mí me parece que la derrota es una preciosa cualidad humana, y que todos la conocemos. También nosotros tenemos ese problema de convivir con la derrota, con nuestro equívoco modo de vivir. Lo sabemos: precisamente porque la derrota es una exigente compañera de viaje, quisiéramos que alguien asumiera la tarea de vencer por nosotros, de alguna manera; pero de derrotas está hecha la interminable historia de los minúsculos y anónimos “nosotros”. Existen constituciones que sancionan el derecho a la felicidad. No me desagradaría que la nuestra garantizara, además del derecho al trabajo y a la vivienda, el derecho a la derrota.

Manganelli, Giorgio.  Improvvisi per machina da scrivere. Milano: Leonardo, 1989.  123-124

Written by montalfonso

julio 14, 2010 at 3:03 am

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