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Sinécdoque y futbol

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Desde el punto de vista de la retórica clásica, la victoria de la escuadra de futbol italiana en el campeonato del mundo es un caso clamoroso, quizá insuperable, de sinécdoque. La sinécdoque es la figura retórica por la cual se atribuye a una parte el valor del todo.

Si no tuviera yo tan buenos modales, podría recordar que las expresiones de elogio sexual son, en gran medida, sinécdoque; precisamente se proclama la excelencia de una parte, por lo general invisible, para elogiar el todo. La sinécdoque no siempre es tendencialmente inmoral; pero sin duda tiende a ser hiperbólica, fantasiosa, irreal. Volvamos al campeonato del mundo. Por una aplicación virulenta de la sinécdoque sucede que una docena de jóvenes, óptimos jugadores del balón, de excelente físico y admirables pulmones, se convierte en Italia. Ahora bien, Italia, si se le mira en el mapa, efectivamente tiene forma futbolística; parece una Bota con un esférico, a decir verdad un tanto triangular. Pero, fuera de este privilegio, del que no gozan otros países futbolísticos, se echa de ver que es muy distinta de doce o trece muchachos con un balón. Tiene montañas agrestes, llanuras feraces, ríos desbordantes, ciudades populosas, fértiles colinas, mesetas fecundas, veloces carreteras, admirables frescos del siglo XIII, vino Barolo, sociedad filarmónica, sociedad para la mejora y defensa del paisaje, del asesinato, de la fauna, del arte.

Cosas todas que dan a nuestra península esa excelencia de siempre; pero es innegable que la semejanza entre la península y la escuadra de futbol es, decíamos, un poco descabellada, no precisamente obvia. Zoff es un espléndido portero, mas, con la mano en el corazón, ¿osaríamos decir que se parece al Marmolada, que imita diestramente la desembocadura del Po, o al sagrado y áspero Gargano? Exquisito responsable de tantos globos a la red, el señor Rossi, pero es inútil ponerlo junto a la Adoración de los Reyes de Gentile da Fabriano, o a la Cartuja de Pavía, o a la plaza Navona; no sabríamos decir en qué, pero es distinto, simplemente distinto.

De Scirea, implacable destructor de maquinaciones enemigas, puedo decir que, a no ser por la distancia cronológica, merecería la atención de un Verdi Giuseppe; pero no sé si augurársela, pues Verdi Giuseppe a sus héroes, dicho sea con pobreza crítica, los trata un poco mal.

Y sin embargo, la retórica tiene sus privilegios; de otro modo no habría literatura, no habría exámenes de bachillerato. “De los foros en ruinas”, “¡Ay, sierva Italia!”, “Claras, frescas y dulces aguas”; sin estas chucherías Manzoni, Dante, Petrarca serían pobres saltimbanquis, y no esos genios tutelares de la toponimia en que se han convertido, protectores de plazas, calles, circunvalaciones llenas de tranvías, de autobuses, de bancas y de señores con lentes. Entonces, esta sinécdoque tiene algún derecho a ser tomada en serio. Sólo que, bien visto, aquí las sinécdoques se desbarrancan. Pues, ¿qué cosa es el Mundo del cual nosotros (incluso Giorgio Manganelli, que está un poco sorprendido y se siente presionado por la Historia), por medio de esos muchachos, nos hemos hecho campeones? Por ejemplo, ¿también soy campeón en Birmania, o sólo me reconoce Surinam?

¿Es cierto que Nueva Zelanda va a sacar una serie de estampillas con mi rostro, tan admirado por los filatelistas, en las que se me anuncia, con ulterior sinécdoque, como Italia y campeón? Si la tienen los futbolistas, no veo por qué no había de tocarme a mi también algo de sinécdoque. Por ejemplo, con mis conocimientos podría representar al sistema solar, incluyendo algunos cometas rigurosamente puntuales, y como tal podría aspirar a banquetes en la Casa Blanca, en el Kremlin, y el Santo Padre me diría: “Ah, ¿usted es el sistema solar? Reciba mis respetos, siéntese, se lo ruego.” Yo, que no soy de los vanidosos, sonreiría modesto, con esa sencillez que me hace popular, y ni siquiera esperaría gran juerga el día en que derrotara (¿en qué? No sé jugar a nada) al señor Fulano de Tal, sinécdoque de la nebulosa de Andrómeda. Así yo, que ni siquiera acaricio a los perros por miedo a que me muerdan, resulto, gracias a gente que no me conoce, Figura Representativa, Campeón. Todo por vía de sinécdoque. ¿Por qué no acariciar a la retórica? ¿Acaso muerde?

Manganelli, Giorgio. Improvvisi per macchina da scrivere. Milano: Leonardo, 1989. 93-94.

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Written by montalfonso

junio 11, 2010 at 7:15 pm

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