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La felicidad de ahorcarse

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El siguiente artículo fue publicado en Crítica [Revista Cultural de la Universidad Autónoma de Puebla] 139 (ago.-sept. 2010): 20-28.

El ensayista estadounidense Edward Hoagland dice en “Cielo y naturaleza” que sus coetáneos y los míos, eufemísticamente llamados de mediana edad, no sólo suelen perder la fe en su talento, sus sueños y sus valores; algunos simplemente se cansan de ellos: “Muy cerca de la jubilación, algunos de ellos abrigaban un profundo desprecio por las organizaciones en las que habían trabajado; no sentirían mucho alejarse de casi toda la gente que habían conocido, ni de los esfuerzos y la experiencia de décadas. Veinte años de matrimonio no necesariamente significaban más que dos o tres; también podrían despedirse de ellos, y en realidad no los percibían como veinte años” (513).

Poco antes Hoagland había imaginado que uno de esos individuos explicaba su insatisfacción en estos términos: “Estoy cansado de los meteorólogos y los cronistas deportivos en la pantalla. De ser paciente y también de la impaciencia. Estoy cansado del presidente, quienquiera que sea, y de dormir mal y de los días de 48 medias horas. De romper dos huevos en la mañana y de ponerle azúcar a algo. Estoy cansado del sonsonete de mi propia voz, pero también de que nos hablemos atropelladamente, como pericos. De las torpes maneras en que hacemos todo” (511).

Esta sensación me parece muy conocida. Se me ha diagnosticado distimia (“una tristeza chiquita”, dijo el psiquiatra), lo cual me llevó a un tratamiento con antidepresivos durante unos dos años. Sin embargo, ni antes ni después de la medicación me he visto especialmente tentado por el suicidio (aquí tocaría madera, si fuera más supersticioso), tema del artículo de Hoagland. Esto lo hace tanto más fascinante para mí. Los suicidas notables abundan, como se sabe. Entre los casos que me han llamado la atención últimamente está el de un exitoso profesionista de la ciudad en que resido; David Foster Wallace, escritor genial y reconocido mundialmente; y Soeur Sourire, “sor Sonrisa”, la monja belga que en 1963 se hizo famosa internacionalmente por cantar “Dominique nique nique”, una canción sobre Santo Domingo de Guzmán. En 2009 se estrenó una película sobre su vida, gracias a lo cual me enteré de que la monja (cuyo nombre artístico ahora parece un sarcasmo) llevó una vida de conflictos con la Iglesia y dificultades financieras hasta que, a los 51 años de edad, se quitó la vida junto con su compañera sentimental.

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: es el suicidio”, escribió Albert Camus en El mito de Sísifo. Podría decirse que se quedó corto. Situado en los confines de lo normal y lo patológico, el suicidio merece no sólo un análisis filosófico, sino una explicación psicológica y social. Es muy probable que los deudos se sientan acusados por la persona que “votó con los pies”; parece condenar a la sociedad en su conjunto el que no funcionara lo que debía haber funcionado en su vida (religión, familia, amistad, comercio, industria). Quizá por ello, todo indica que no ha habido sociedades humanas sin suicidio, como tampoco sin embriaguez alcohólica. Estas conductas están entre las que nos distinguen de los animales. La embriaguez se correlaciona positivamente con el suicidio, debido a su efecto desinhibidor. Aunque no fuera así, el vínculo entre alcoholismo y suicidio es claro: “Los cigarros acortan la vida pero la intoxicación del fumador nunca imita la muerte como lo hace la intoxicación del alcohólico (la pérdida de control, la partida del alma)”, escribe William H. Gass en el ensayo “Los condenados al hundirse” (4-5).

Como todas las palabras, “suicidio” confiere unidad ficticia a una multitud de factores. Considerar los diversos casos particulares produce la sensación de un caos incomprensible: Sócrates aceptó su propia ejecución, otros la exigen. El piloto kamikaze se propone morir, pero no lo desea. Malcolm Lowry, que se ahogó en su vómito, evidentemente lo deseaba, pero no se lo propuso. Los soldados que cargaron contra los cañones en Verdun no deseaban la muerte ni se empeñaban en hallarla, mas era lo que esperaban. Entre los suicidas también están los mártires, los temerarios, los propensos a los accidentes, los que escapan de la “justicia”, como Aníbal, o son condenados por ella, como Séneca; los que mueren antes que rendirse, incluso en masa, como los judíos de Masadá; los demasiado pobres, demasiado ricos, demasiado orgullosos; todos los adictos, las Cleopatras, las desoladas Didos, los místicos, los jóvenes y cuitados Werthers; los fundamentalmente frígidos, que no pueden permitir que la vida les dé ningún placer; los incurablemente enfermos, los locos, los metafísicamente tenebrosos; los simplemente estúpidos, los ineptos, los descuidados; y aquéllos de los que la culpabilidad se alimenta, como si ya fueran carroña. Es como clasificar libros por el color de su portada.

A veces el gesto del suicidio tiene un aspecto travieso o cobarde, o parece insensato a un observador externo. Hay suicidas desesperados y suicidas hábiles, gente que se mata para causar problemas a otros y gente que se mata para ahorrar problemas a otros, exhibicionistas trastornados que gritan desde la cornisa de un edificio y almas reservadas que nadan hacia el anonimato del océano. El suicidio puede ser un intento de escapar de la muerte, atajar un horrible proceso de deterioro, desviar la trayectoria natural, eludir una muerte dolorosa y anárquica, haciéndola limpia y ordenada. El acto puede ser grandioso o abnegado, vengativo o tímidamente gris, racionalmente planeado o claramente insensato. La gente se acerca furtivamente a la muerte, para tomar desprevenidas las defensas de su propio cuerpo, o bien dramatiza la oportunidad de tomar una última decisión, inequívoca e irrevocable.

El significado de un suicidio para el suicida y para la sociedad rara vez coincide. Quien intenta envenenarse prefiere darle a la droga un nombre esotérico, como para impugnar el poder médico y farmacéutico que la ha clasificado y perfeccionado, y que se las ingenia para hacer de la ingestión de la droga y del acto suicida síntomas por clasificar en un saber; saber que, de hecho, se defiende de lo que significa la muerte para el sujeto. Si, en concordancia con el reconfortante cliché de los trabajadores sociales, el suicidio con frecuencia es un grito de auxilio, con igual frecuencia es un solemne voto de silencio. Si el hígado falla, si las venas se cierran, si el conductor se duerme al volante, nos negamos a reconocer que hubiera suicidio. Para transmitir ese mensaje claramente hay que ahorcarse, dispararse o envenenarse; la mujer liberada debe hacer algo viril, por lo menos descargarse una escopeta, y evitar como la peste los somníferos, jarabe calmante del sexo oprimido. Y si no quiere uno que su forma de morir sea un mensaje para la humanidad, si su objetivo sólo es irse al carajo, tiene que ser tan hábil para neutralizar símbolos como un William Butler Yeats.

Las buenas maneras tienen su lugar también aquí. Petronio mostró su distinción, dicen los críticos. Catón siempre ha tenido buenas reseñas. Escribimos notas de agradecimiento afectuosas y alentadoras; ponemos en orden nuestros asuntos; no nos lanzamos al vacío si vamos a caer encima de alguien, no nos atravesamos ante carros manejados por desconocidos inocentes, no nos desangramos en público ni permitimos que el menor titubeo, ambigüedad o error eche a perder nuestro propósito. Evitamos toda exhibición vulgar. Los que amenazan con saltar de una cornisa quieren ser detenidos: es un suicidio para señoritas. Por otro lado, si uno es demasiado extravagante, como Mishima, sus acciones corren el riesgo de quedar incomprendidas. Aunque métodos, motivos y sentidos varían, es de esperarse que la mayoría eche a perder su muerte como echó a perder su vida. Pobres tipos, pobres formas. Cito de nuevo a Gass: “el mismo acto puede significar lo que se quiera, dependiendo del sistema (y aun del humor o el ángulo visual) que le da sentido: inclino mi cabeza a un lado y me parece que mi madre fue asesinada; la inclino a otro y parece que fue una suicida especialmente vengativa; mientras que si miro al frente, como en una fila militar, parece que fue víctima de una compleja enfermedad crónico-degenerativa” (11).

Algunos suicidas están tan abrumados y desesperados que no pueden reconocer las consecuencias de lo que hacen; no es su impulso vengativo lo que desquicia la vida de sus deudos, sino su alienación de la vida cotidiana. Por otro lado, los actos no son lenguaje y no hay ninguna poesía en el suicidio, sino sólo en algunos relatos de él. La significación, la valoración, sólo está en las frases. Las acciones y otros acontecimientos similares sólo tienen significado secundariamente, cuando se lo imputamos, por lo que pueden significar diferentes cosas para diferentes personas.

¿Qué quiere matar quien se da la muerte? ¿Un pasado del que tiene vergüenza? ¿Un yo disminuido por el fracaso? ¿Una vida desprovista de interés? Muchas respuestas son posibles, pero todas se relacionan con una pérdida sufrida por el yo, con un perjuicio que ha sufrido. De ahí este cuadro clínico contradictorio que es igualmente característico de la melancolía: tendencia al autodesprecio y sin embargo falta de vergüenza ante los demás. Gass de nuevo: “¿Qué quiere un suicida? No lo que obtiene, sin duda. Algunos ven la muerte simplemente como la ausencia de su estado actual, un estado que los persigue como una enfermedad maligna, del cual no pueden escapar de otra forma. Otros la ven muy positivamente, como si morir fuera avanzar en el mundo; después de todo, el Séptimo Cielo es una dirección muy deseable. Otros gastan la vida como dinero, comprando esto y aquello, pero su objetivo es comprar, no caer en bancarrota” (5).

El suicidio presenta diversas significaciones que sólo pueden ser aprehendidas si se tiene en cuenta su modo y su causa, su éxito o su fracaso, así como su sentido global. Los intentos de clasificación basados en criterios psicológicos tienen que tomar en cuenta la complejidad de  motivaciones y la coexistencia de tendencias conflictivas que llevan a los actos suicidas. Los primeros pasos en esta dirección distinguen los “gestos” suicidas de los intentos “genuinos”, los actos “impulsivos” de los deliberados, los “psicóticos” de los “no-psicóticos”, los racionales de los no racionales, etc.

Como se sabe, El suicidio (1897) de Émile Durkheim marcó un hito en el estudio del tema, al mostrar las inequívocas tendencias sociales de un acto aparentemente tan individual. Aunque la metodología con la que se registran los suicidios y los intentos de suicidio dista mucho de ser satisfactoria, le permitió a Durkheim descubrir ciertas tendencias macrosociales que en general han sido confirmadas en otros estudios y otros países. Se ha encontrado que las tasas de suicidios se correlacionan positivamente con los siguientes factores: sexo masculino, edad avanzada, estado de viudez, soltería o divorcio, falta de hijos, alta densidad de población, domicilio en ciudades grandes, alto nivel de vida, crisis económica, consumo de drogas y alcohol, hogar desintegrado en la infancia, desórdenes mentales y enfermedades físicas. Entre los factores inversamente relacionados con las tasas de suicidio están sexo femenino, juventud, empleo rural, devoción religiosa, matrimonio, gran número de hijos, clase socioeconómica baja y guerra. Claro que estas correlaciones no son ubicuas ni inmutables. Por otra parte, la comparación entre las estadísticas de suicidio y las de intento de suicidio (cuyo número es de seis a diez veces mayor que el de los suicidios logrados) muestra notables diferencias respecto a edad y sexo. La edad en que se dan más suicidios está entre los 55 y los 64 años, mientras que se dan más intentos de suicidio entre los 24 y los 44 años; se matan más hombres que mujeres, pero más mujeres intentan suicidarse. Durkheim explicó estas tendencias mediante los conceptos de integración y regulación social, cuya falta o exceso lleva a algunos individuos al suicidio. La falta de integración produce el suicidio egoísta; su exceso, el suicidio altruista. Por su parte, la falta de regulación conduce al suicidio anómico, mientras que su exceso lleva al suicidio fatalista.

Así pues, la pobreza inhibe el suicidio, como inhibe virtuosamente tantos otros vicios. Ocurre, se nos dice, cuando la víctima no ha sido bien amasada en la pasta de la sociedad, y cuando las constricciones externas sobre su conducta son débiles. Entonces, el suicidio es una enfermedad de la singularidad y la individualidad, pues cuando nos elevamos en el sistema social y las autoridades “por encima” de nosotros desaparecen, cuando dependemos, tambaleantes, de nosotros mismos, la cuestión de si es mejor ser o no ser surge con verdadera relevancia, ya que la carga de ser es sentida más plenamente por el ser que se autodetermina. En cierto sentido, la sociedad ya ha rechazado al futuro suicida.

Los intentos de explicarse el suicidio individual, por supuesto, anteceden por milenios a la sociología positivista. Blaise Pascal escribió en su Pensamiento 425 que la felicidad “es el motivo de todas las acciones de todos los hombres, hasta de los que van a ahorcarse” (165). Y el Werther de Goethe exclama: “¡Qué contento estoy de haberme ido!” (9). Análogamente, Schopenhauer recuerda que “quien se da la muerte quisiera vivir”: como es demasiado opaco el obstáculo que separa el querer vivir de su afirmación, la voluntad, no hallando otro medio de manifestarse, se afirma en el suicidio por la supresión de su propio fenómeno. El individuo rechaza el sufrimiento para conservar intacta su voluntad.

En términos freudianos se puede definir el deseo como el movimiento que, surgiendo de la no-satisfacción de la pulsión, se esfuerza por dar un objeto a esa pulsión, sin llegar nunca a agotarse en placer alguno. Ahora bien, así como sólo la prohibición del padre revela al deseo como deseo de la madre, sólo la angustia de la muerte permite al sujeto acceder a la noción de destino y le da el gusto de objetivarlo y cerrarlo. Al suicidarme personalizo mi muerte. Por eso el suicida demuestra su dominio y su valentía, dice Henry de Montherlant.

En el curso del tratamiento psicoanalítico el agravamiento de los síntomas suele resultar inevitable, ya que la puesta en acto, o repetición, constituye en ciertos casos el único modo de rememoración posible. Así, el paso a la acción que constituye el suicidio sería una manera de hacer definitivo el pasado: suicidarse equivale a matar aquello por lo que ya se está de luto. De cualquier manera, Freud precisa que quizá nadie encontraría la energía necesaria para matarse si no matara al mismo tiempo un objeto con el cual se había identificado, volviendo contra sí mismo un deseo de muerte originalmente dirigido contra otro.

A pesar de las determinaciones sociales, es discutible si hay situaciones y experiencias ante las cuales la única reacción posible es el suicidio; por ello hay que postular que algunas personas son más propensas al suicidio que otras. Incluso en ausencia de una enfermedad mental, un acto suicida es una reacción estadísticamente anormal a la presión, es decir, una reacción que no corresponde a la de la mayoría de las personas en situaciones equiparables. De aquí que Alfonso Reyes escribiera: “Parece que, en la mayoría de los casos, el suicida no podría menos que suicidarse. Si sobreviene un choque práctico, se suicidará con motivo del contratiempo. (Iba yo a decir: se suicidará en honor del contratiempo.)” (227). Cuando existe esta proclividad, quizá toda religión o filosofía pueda inducir al suicidio, como sugiere en seguida el maestro: “¿Si su suicidio podrá ser la pendiente natural de la filosofía, como pudo serlo el de Sócrates? Y entonces, ¿qué fe prestaremos a una filosofía, si, invirtiendo nuestros propósitos y abusando de nuestro mandato, en vez del secreto de la vida nos abre el secreto de la muerte?” (228).

Gass dice que ser “gobernado por la Razón y no por el Padre, la Naturaleza, el Rey o Dios es una resolución antisocial” (7); pero también puede serlo el entregarse a Dios, como ilustra este pasaje de Fuego pálido, una de las obras capitales de Vladimir Nabokov: “Cuando el alma adora a Él que nos guía por la vida mortal, cuando distingue Su signo en cada curva del camino, pintado en la piedra o marcado en el tronco de abeto, cuando cada página del libro de nuestro destino personal lleva Su sello, ¿cómo puede dudarse que Él también nos preservará por toda la eternidad? Así, ¿qué puede impedirnos hacer la transición? ¿Qué nos ayudará a resistir la intolerable tentación? ¿Qué nos impedirá ceder al deseo ardiente de unirnos a Dios? A nosotros, que vivimos en la inmundicia cada día, quizá pueda perdonársenos el pecado que termina con todos los pecados” (176). ¿No es lógico? Volviendo a Gass, la “lógica de la aflicción oculta sus premisas para olvidar sus falacias: Hamlet es una prisión; Hamlet es danés; Dinamarca es una prisión; entonces el mundo también lo es” (6).

Hoagland escribió “Cielo y naturaleza” mientras su matrimonio de un cuarto de siglo se derrumbaba; como algunos otros ensayos (en especial uno sobre el tartamudeo y otro sobre un periodo de ceguera), dice que éste le sirvió como barca salvavidas. En total contraste, Gass propone corregir la idea sentimentalista de que el arte es una especie de terapia para los enfermos, atrapados, desposeídos y cansados del mundo; de que por medio de él pueden arreglarse profundos problemas personales: “La poesía sólo es catártica para los poco serios” (14), declara. Rilke a veces adoptó esta actitud terapéutica respecto a la escritura de Malte Laurids Brigge, su única novela; pero si escribir lo mantenía cuerdo, como creía, también era una de sus principales fuentes de sufrimiento. Si la vida es dura, el arte lo es más. El esfuerzo de la creación no sólo cultiva (a menudo, si no en todos los casos) nuestros problemas desde la raíz, sino que la elocuencia de su formulación puede dar a algunas “soluciones” un atractivo anormal, conferido por el arte, no por la vida.

Ciertos aspectos de la sociedad actual hacen improbable una reducción sustancial en la incidencia de actos suicidas. El constante aumento en el número de ancianos, que constituyen la mayoría de los suicidas, hará difícil impedir un incremento en las tasas de suicidio, sobre todo si la incidencia entre los jóvenes continúa también en aumento (el suicidio de adolescentes se cuadruplicó en Estados Unidos entre 1950 y 1988, cuando Hoagland publicó su ensayo). Los jóvenes son más abiertamente agresivos contra la sociedad y menos reticentes de lo que eran en la primera mitad del siglo XX. Ambos rasgos de conducta contribuyen a los actos suicidas.

La supervivencia de la especie requiere la muerte de los individuos, dice Ruy Pérez Tamayo (35). Hoagland sugiere que también la disposición de ánimo pesimista ha servido a la humanidad: los extraordinarios hombres y mujeres que hacen un triunfo de vivir lo logran gracias al ingenio y constancia con que ignoran las desventuras de otros. Conservan la calma mientras la vida vapulea a sus amigos y conocidos; “dudan y se inquietan con moderación” (517). Esta gente parece vivir más que los manojos de nervios, pero la humanidad no evolucionó del reino animal por ser indebidamente alegre. Lo que nos hizo humanos no fue sólo nuestro optimismo sino nuestras premoniciones pesimistas, los oscuros momentos de la especie, nuestras especulaciones irracionales y terroríficas, nuestras extrañas variaciones sobre el simple tema del amor, nuestra insomne y obsesiva creatividad, nuestro miedo tanto como nuestra fe. Apostarle la vida al bien colectivo incluye también el riesgo del suicidio.

Obras citadas

Gass, William H.  “The Doomed in their Sinking.”  The World within the Word.  New York: Knopf, 1978.  3-15.

Goethe, Johann Wolfgang von.  Die Leiden des jungen Werthers.  Romane und Novellen I. Leipzig: Insel, 1921.  5-124.

Hoagland, Edward.  “Heaven and Nature.”  The Best American Essays of the Century.  Ed. Joyce Carol Oates y Robert Atwan.  Boston; New York: Houghton Mifflin, 2000.  507-19.

Nabokov, Vladimir.  Pale Fire.  Harmondsworth: Penguin, 1973.

Pascal, Blaise.  Pensées.  Texte établi par Léon Brunschvicq.  Ed. Dominique Descotes.  Paris: Garnier-Flammarion, 1976.

Pérez Tamayo, Ruy.  “El final de la vida.”  Letras libres ene. 2008: 30-35.

Reyes, Alfonso.  “El suicida.”  Obras completas III.  México: FCE, 1956.  219-30.

Written by montalfonso

abril 27, 2010 at 3:37 am

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La experiencia según Behrisch (Eckermann, p. 400)

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Erfahrung aber ist, dass man erfahrend erfährt, was erfahren zu haben, man nicht gerne erfahren haben möchte.

Written by montalfonso

abril 12, 2010 at 4:20 am

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